Hay ciudades donde tapear es una costumbre; en León es casi una filosofía. Pasear por el Barrio Húmedo o el Barrio Romántico, saltar de barra en barra con una copa en la mano y descubrir qué pequeño manjar acompaña cada consumición es un ritual tan arraigado que ningún viajero debería perderse. Por eso, cuando la segunda edición del Concurso Regional de Pinchos y Tapas de Castilla y León aterriza en el Palacio de Congresos y Exposiciones de León los días 28 y 29 de septiembre, la ciudad se viste de gala para recibir a cocineros de las nueve provincias, todos dispuestos a demostrar que lo grande también cabe en lo pequeño.
El relevo lo toma Zamora, que fue el escenario de la primera edición. El certamen, impulsado por la Confederación Regional de Hostelería y Turismo (HOSTURCYL) y patrocinado por la Junta de Castilla y León, no busca solo coronar a la mejor tapa. Su objetivo es más ambicioso: mostrar la riqueza de una cocina regional que bebe de una despensa extraordinaria –embutidos, carnes, quesos, legumbres, setas, hortalizas, caza y vinos– y, sobre todo, poner rostro y nombre al trabajo diario de los hosteleros que mantienen viva esa tradición.
Ávila, Burgos, León, Palencia, Salamanca, Segovia, Soria, Valladolid y Zamora estarán representadas. Cada participante se enfrenta a un reto mayúsculo: resumir toda una tierra en apenas dos bocados. Porque la tapa moderna exige concentración de sabores, texturas precisas y un equilibrio instantáneo, pero su verdadera magia aparece cuando detrás se reconoce el origen. Y Castilla y León ofrece un patrimonio culinario tan vasto como difícil de sintetizar. Precisamente ese será uno de los grandes atractivos del concurso: ver cómo los cocineros traducen la tradición al formato más pequeño sin perder su esencia.
Para juzgar esta hazaña, el certamen cuenta con un presidente de excepción: Pepe Solla, del mítico Casa Solla en Poio (Pontevedra), un referente de la cocina gallega con Estrella Michelin desde 1980 y tres Soles Repsol. Su trayectoria encaja a la perfección con la filosofía del evento: avanzar en técnica y creatividad sin renunciar a la memoria del producto. El jurado evaluará sabor, técnica, presentación, originalidad y respeto por la materia prima, porque una gran tapa es mucho más que un mini ejercicio culinario.
León, por su parte, es el escenario ideal. Aquí la tapa no es una moda; lleva décadas instalada en el día a día, ligada a la charla, al encuentro y a esa costumbre tan española de acercarse a una barra sin plan y acabar recorriendo media ciudad. El Barrio Húmedo, en torno a la Plaza de San Martín y a un paso de la Catedral, y el Barrio Romántico, al otro lado de la calle Ancha, conforman el mapa imprescindible del tapeo leonés. Durante los días del concurso, esa cultura popular convivirá con la vertiente más técnica y creativa en el Palacio de Congresos, mostrando dos caras complementarias de un mismo formato.
León, por su parte, es el escenario ideal. Aquí la tapa no es una moda; lleva décadas instalada en el día a día, ligada a la charla, al encuentro y a esa costumbre tan española de acercarse a una barra sin plan y acabar recorriendo media ciudad. El Barrio Húmedo, en torno a la Plaza de San Martín y a un paso de la Catedral, y el Barrio Romántico, al otro lado de la calle Ancha, conforman el mapa imprescindible del tapeo leonés. Durante los días del concurso, esa cultura popular convivirá con la vertiente más técnica y creativa en el Palacio de Congresos, mostrando dos caras complementarias de un mismo formato.
El 28 y 29 de septiembre, León será el escaparate. Habrá competición, jurado y ganadores, claro. Pero detrás de cada tapa asoma algo mucho mayor: nueve provincias unidas alrededor de una barra, celebrando una forma de entender la gastronomía que, como las mejores historias, empieza con una pregunta sencilla: ¿tomamos una tapa?